Hace un tiempo soñé con usted. No vi su rostro, ni escuché su voz, pero estaba ahí. Fue una visión de cómo será parte de mi vida. La reconozco por ese sentimiento cálido y el sosiego que sentí en mi sueño al estar a su lado.
No recuerdo como sucederá, pero sí sé cuándo: ocurrirá en el instante en el que no pueda dejar de pensar en usted y su presencia me haga simplemente feliz. De repente, mi sonrisa se convertirá en un reflejo de la suya y el tiempo será eterno en su ausencia pero insuficiente al abrazarla. Seré un esclavo de sus labios y anhelaré sus besos como agua en el desierto. Confiaré en usted por ese especial e incondicional cariño que me da.
Yo, simplemente intentaré estar para usted cuando lo necesite, apoyándola en lo que hace, si es preciso aconsejándola, siempre haciéndola reír y sonreír, siendo especial e imprevisible. Lidiaré con la cotidianidad, sus enojos y achaques.
Seguramente cuando me traicione intentaré hacer a un lado lo ocurrido. Seré tan torpe por ese afecto que le tendré, que no veré la hipocresía en su mirada ni sentiré el cinismo que corre por sus venas.
Cuando peleemos y nos separemos, volveré a buscarle pero afortunadamente me cansaré de insistir, de luchar por ese sueño que puede que nunca le haya importado. Su egoísmo consumirá el poco cariño que quedaba y el olvido dejará de ser una opción. Aun así, alguna parte de mí esperará a que usted vuelva para poder decirle meretriz, perdonarla e intentarlo de nuevo. Eso me pasa por creer en las personas por lo que pueden ser, no por lo que son.
Al final sabré que no he aprendido nada, estaré más cansado y menos dispuesto para la próxima vez.
Espero que mi sueño no sea más que la representación de un trago amargo de la vida, debo esperar a encontrarla y ojalá decepcionarme de lo que ahora pienso.
Pese a lo que ocurra, daré todo para que las cosas sean lo mejor posibles y que en el peor de los casos solamente quede un dulce recuerdo de un sueño en el que únicamente lo bueno se hizo realidad.
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